FABIANA BARREDA, invitada Diciembre 2014

Habitat Tetera velero Nube 300

Dos veces intente irme de mi casa.

Una cuando tenia 5 años, llegue hasta la puerta de calle, se cerro tras de mi y no pude volver a entrar.

Me lleve una valijita con solo dos cosas : medias y mi juego de te de porcelana china .

Esos eran mis tesoros para sobrevivir en ese mundo maravilloso y extraño aun.

Ambos eran regalos de mi madre : las medias eran efecto de su típico style dominatrix materno cuidadoso (luego fue el pañuelo y el saquito) formateado eficientemente en mi modelo de supervivencia  y el juego de te eran la belleza y la magia otro extraño imperativo de existencia en el mundo.

Me quede en el escalon de la puerta de calle hasta que me vinieron a buscar -por suerte- aunque no lo quise reconocer y ya desde los 5 años una seudo autosuficiencia salvaje ya se había instalado en mi discurso escapista.

Luego reincidi a los 20 años -ya ahora con novio, bello, pisciano y contenedor- y en otro intento de huir de mi casa ahora acompaañada, trate de tomar una casa como skwoter punk a 5 cuadras de la casa materna.

Mi madre viendo que esa salida al mundo era inevitable, me tomo entre sus manos y me dijo :  “Tenes que llevar la tetera de la abuela a tu casa.”

Me entrego una pequeña casa tetera , frágil hermosa, perfecta, amor en exceso junto al departamento de Malabia , donde vivi  y escape cuando era chica, cerca del Jardin Botánico donde desde entonces hice siempre las fotos con lluvia.

Y parece que desde los 5 hasta hoy vivo en paisajes de porcelana, casas tetera, paisajes oníricos , sueños exquisitos en Japon, Constitucion o Londres, retratos de personas amadas.

El recuerdo es la cartografia del alma, el mapa que marco nuestra vida y anticipa el futuro.

Mis amores mas profundos me regalaron teteras, hombres que me amaron asi llena de libros, fotos y teteras, tomaron te con que la que nunca tomaba mate y no le gustaba ir de campamento.

Hombres goticos, teteras inglesas, hombres de Belgrano teteras judías, hombres de agua teteras de mar.

Y mi hijo, mi príncipe, mi marco polo que no le gusta el te, solo el neskiq frio, me regalo mi tetera china exótica una de mis preferidas ya que junto al te están las tortas exquisitas, y las delicias francesas que el ama, cuando tomamos la leche juntos en Malabia al lado de mis casas tetera.

Casas tetera de corazón de azúcar, frágiles y fuertes como el amor del hogar que llevamos en el cuerpo, aquí en el Parque de la Memoria, junto al rio, ciudad de rio plateado, este museo casa de recuerdo-memoria , de reconstrucción de la sangre que vuelve al cuerpo amado.

Fabiana Barreda 2014

Marcelo Figueras. Invitado 18 de octubre

ÁLBUM RetratosLeídos

imgres-1 Novelista, guionista y periodista.

1.

A comienzos de los ’70, soy ingenuo como un helado de limón. Viajo a diario desde Flores a Congreso, al salir de la escuela, para acudir al curso donde me preparo para ingresar al Liceo Naval. Un capricho que mis padres toleran, pero no aplauden. Tal vez porque perciben que mi visión de la Armada es irreal: yo sólo pienso en barcos a vela, en mares insondables, en clases de esgrima.

Caminando por Callao, me topo con una multitud en la vereda del Hotel Savoy. “Ya llegó Perón”, explica alguien. Como veo que los hombres —porque son todos hombres— estiran el cuello y miran hacia adentro, los imito. No veo nada: porque no hay nada que ver y porque todavía soy bajito. Decido seguir camino, pero no me dejan. “Quedate un poco más. Seguro que aparece”, me dice un viejo. Está a mis espaldas, ha…

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Marcelo Figueras. Invitado 18 de octubre

imgres-1 Novelista, guionista y periodista.

1.

A comienzos de los ’70, soy ingenuo como un helado de limón. Viajo a diario desde Flores a Congreso, al salir de la escuela, para acudir al curso donde me preparo para ingresar al Liceo Naval. Un capricho que mis padres toleran, pero no aplauden. Tal vez porque perciben que mi visión de la Armada es irreal: yo sólo pienso en barcos a vela, en mares insondables, en clases de esgrima.

Caminando por Callao, me topo con una multitud en la vereda del Hotel Savoy. “Ya llegó Perón”, explica alguien. Como veo que los hombres —porque son todos hombres— estiran el cuello y miran hacia adentro, los imito. No veo nada: porque no hay nada que ver y porque todavía soy bajito. Decido seguir camino, pero no me dejan. “Quedate un poco más. Seguro que aparece”, me dice un viejo. Está a mis espaldas, ha puesto una mano sobre mi hombro. Tardo en comprender que su interés tiene poco que ver con la política. Me lo sugiere la presión que siento en la base de mi columna. Tan pronto me convenzo, empiezo a resistirme. El viejo me suelta; no sea cosa que empiece a gritar.

Tan limón soy —y verde, además—, que durante el viaje de regreso en el subte de madera me pregunto si estaré embarazado.

El episodio tiene consecuencias, pero no esa. Por lo pronto, invento una excusa para ya no volver al curso de ingreso. El Liceo Naval dejó de ilusionarme. Desarrollo un rechazo a las multitudes, de intensidad fóbica. A veces pienso que aquel trauma marca el origen de mi historia política. En otros momentos asumo que la anécdota, en su compresión de diamante, explica el derrotero de mi generación.

Con el tiempo, escribo una novela donde un niño asesina a Perón en la década del ’30. Justifico esa ucronía diciéndome que tal vez, sin Perón, el genocidio de los ’70 no habría tenido lugar. Veinte años después me pregunto si aquel crimen imaginario no admite otra explicación: la de concebir un mundo donde no me detengo en la vereda del Savoy.

En ese caso, habría seguido camino rumbo al curso sin incidentes y, eventualmente, habría llegado al Liceo. ¿Debería agradecerle al viejo perverso, que me jodió la cabeza pero colaboró a evitar que me convirtiese en cómplice de asesinos… o quizás en un asesino más?

La vida es retorcida. Y aunque le gustan los helados, desprecia, por sosos, a los de limón.

2.

Mi primera tele —porque está en mi cuarto y por ende es mía, sólo mía— es como un robot. Metro cincuenta de altura, compacta, del color de la cera Blem. Tiene la pantalla en la parte de arriba y, en la parte de abajo (o sea, entre la pantalla y sus patitas), un parlantote cubierto por una suerte de esterilla. En mi vida, esta tele cumple la función del monolito en 2001, odisea del espacio: es el tótem que proviene de una tecnología superior, al que no me molestaría rezarle.

Ahí veo todo lo que me gusta. El llanero solitario. Batman. Los tres chiflados. La mañana de los sábados se me escapa tratando de sintonizar Canal 2, porque dan unos dibujitos buenísimos. Casi nunca lo logro. Lo único que pesco es una nube gris y ruido de estática. A veces me quedo viéndola igual. Alguien —no recuerdo quién— me dijo que esa radiación es un residuo de la energía del Big Bang. Yo la miro y pienso en la gente que dice que la TV es mala. Tan mala no debe ser, si te deja ver el origen del universo.

Mi tele tiene encima una antena con forma de Y griega, lo cual la acerca aún más a Robby el Robot. En cambio, la otra tele, la del dormitorio de mis padres, usa un cable chato que se conecta con la antena de arriba. De tanto en tanto, papá sube a la terraza a corregir la posición de esta antena grande. Mamá y yo nos concentramos en la pantalla y damos indicaciones a los gritos. Nada. Nada. Ahí… No, no, te pasaste. Pará un cach… ¡Se veía mejor antes! Aun cuando pescamos una imagen decente, mamá sigue dando órdenes. No sé si es una exquisita de la tele, o disfruta de tener a mi viejo así, marcando el paso y retorciendo una rejilla de alambre.

Cuando deliro, imagino que algún día se verán de puta madre, las teles. En colores, también. Y con más canales para emitir las series y dibujitos que me gustan. Ocho, por ejemplo. O quince. ¿Por qué no soñar? Al rato, claro, bajo a tierra. La vida es buena, pero tampoco la pavada. Y yo me entretengo igual, mirando el Big Bang en vivo desde mi tele robot.

3.

Algunos estímulos que conservan, en mí, la capacidad evocativa de una magdalena proustiana.

. Los canelones de mi madrina. Los hacía con panqueques de verdad y un relleno que no volví a encontrar. Su ingrediente esencial era la carne picada. Imagino que se parecería al relleno tradicional de una empanada. Pero, aunque así fuese, esos canelones siguen encaramados al Top Ten de mi paladar. Todavía me creo capaz de reproducir su sabor en mi mente. Pero con el sabor llegan otras cosas: la casa de la calle Ensenada, el crujido de los pisos de madera, el bonsai que para mis soldaditos era un árbol, la emisión de Los vengadores por Canal 9, la abuela a quien le gustaba un comediante que se hacía llamar Calígula y ella rebautizó Clavícula.

. Las flores con bolitas. Mis abuelos maternos tenían un jardín con un limonero y un ciruelo. El limonero daba frutos, el ciruelo estaba seco. En la entrada del jardín había un arbusto florido, que producía bolitas verdes de un perfume tan intenso como inconfundible. Mi mujer me dijo más de una vez cómo se llamaban, pero nunca logré retenerlo. Para mí son las flores con bolitas y listo. No hace mucho, mientras caminaba por alguna calle, me sorprendió el viejo aroma. Miré en derredor en busca de un ciruelo seco, con ganas de treparlo, sintiéndome —como antes, como siempre— un poco Tarzán.

. La mano materna. Ante mi insistencia, mi vieja me llevó a ver Ben Hur. La pasé bomba, hasta que la madre y la hermana de Ben Hur se pescaron la lepra. Yo no sabía qué era la lepra, pero a juzgar por la reacción del carcelero romano, debía de tratarse de algo espantoso. Cuando esa música dramática —el leit motiv leproso— reapareció, mamá me tapó los ojos con su mano. Y volvió a hacerlo cada vez que las enfermas asomaban. Era tibio, el cuenco de su mano; olía a perfume y a Jockey Club. Algo que olvidé durante años, hasta que ella murió. Ese día llegué tarde al hospital. Ya no había nada más que decir, así que me senté a su lado. Y cuando estreché sus dedos, me acordé. Me habría gustado llevar su mano a mis ojos, para preservarme del terror presente, pero había mucha gente dando vueltas. Desde que mamá murió, estoy condenado a la visión.

4.

“Cuando eras chiquito —contaba mi madrina— tenías la sonrisa más hermosa. Y yo le decía a tu papá: Cuidalo, Jorge. ¡Para que no la pierda nunca!” La anécdota se me quedó grabada, por dos razones. Primero, porque mi madrina me la contó varias veces. Se ve que la cuestión la obsesionaba. Y segundo, porque sugería que yo, que ya no sería chiquito pero era chico igual, había extraviado esa sonrisa esplendorosa.

Al principio andaba atento, imaginando que daría con ella, como Peter Pan cuando recuperó su sombra. En su ausencia, empecé a buscar razones. ¿Por qué me habría abandonado? ¿La habría perdido cuando murió mi abuelo Ángel, el Gordo, que me había enseñado esa habilidad tan peculiar: la de reír y llorar a la vez? ¿Debía esa partida a la separación de Los Beatles? ¿Seguiría conmigo si me hubiese hecho de Boca, en vez de hinchar por River? Como el tiempo pasaba y no volvía, opté por buscar culpables. ¿La habría perdido cuando el viejo turro me apoyó, en la vereda del Savoy? ¿O debía más bien investigar a mi padre, a quien mi madrina había apuntado como responsable?

Después crecí y decidí callar respecto del asunto. Era desubicado insistir, en medio de tantas otras desapariciones. Sin embargo, la preocupación no mermó. Todavía hoy, cuando veo la sonrisa deslumbrante de mis hijos, siento al mismo tiempo felicidad y terror. No seré yo, me digo. Y me prometo actuar como guardián de sus sonrisas. Y me pregunto, acto seguido, si me dará el cuero; si este mundo salvaje me lo permitirá.

En una de sus novelas, Leonard Cohen cuenta que, a la muerte de su padre, le escribió un mensaje que enterró en el jardín debajo de la nieve; parte de su ceremonia privada, de la elaboración del duelo. Con la primavera, quiso recuperarlo. Después de todo, se trataba del primer texto que había escrito por propia voluntad. Pero ya no estaba. Cavó por todo el jardín, sin suerte. Y con el tiempo, olvidó aquellas palabras por completo. Según confiesa, no ha hecho desde entonces más que buscar aquella nota.

Yo sé que todo lo que hago, y todo lo que escribo, es para convencer a mi sonrisa de que vuelva. Ya me demostró que es obstinada; tratándose de mi sonrisa, carga con el ADN de su creador. Pero yo estoy cansado de andar por la vida como un negativo del gato de Alicia, deambulando con un vacío, con un fantasma, allí donde estaría mi boca. Por las dudas, me la paso mirando por encima de mis hombros. No quiero perder ni un segundo en darle la bienvenida.

Javier Daulte. Invitado 18 de octubre 2014

imgres Dramaturgo y Director de teatro.

 

Mi papá, mi mamá, mi hermana y yo, en Los Acantilados

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Esta es una foto de la playa de Acantilados. Debe tratarse del año 67 o 68. Acantilados es (o mejor dicho, era) un balneario que queda (sí, queda, porque aún hay carteles que dicen Los Acantilados) pasando Mar del Plata (a unos 10 km más o menos). Lo cierto es que el balneario propiamente dicho ya no existe. El mar avanzó y lo devoró.

Los que están en la foto son mi papá, mi mamá, mi hermana y yo.

De lo que hay en la foto quedamos sólo mi hermana y yo. Del resto no queda nada. Ni siquiera la geografía.

Sabemos que el acceso al pasado no es el recuerdo sino el estudio. Y eso porque, entre otras razones, es la única manera de no quedar estáticamente fascinados ante lo que fue y ya no es, o mejor dicho, ante lo que creemos que fue. Y creemos que fue porque cuando estudiamos (en vez de recordar) empezamos a darnos cuenta de que el pasado es móvil, mutante, como si aún no hubiese acontecido.

Una foto es como un monumento. Pretende conservar el pasado de manera indeleble e inmodificable.

Pero pienso: ¿dónde estaba la escalerita que nos llevaba desde allá arriba hasta la playa? La recuerdo con toda precisión, pero no aparece en la foto y cuando estuve hace un par de veranos visitando esa zona costera no la pude encontrar (¡y cómo la busqué!). Y eso la volvió irrecuperable, o peor, me generó la sospecha de que nunca existió. Y era tan bonita en mi recuerdo.

Algo parecido me pasó con la casa que le decíamos la Casa Grande, que alquiló allí mi padre una o dos temporadas. Dos, estoy casi seguro de que fueron dos veranos. Por suerte sí la encontró mi hermana una vez que fue con su marido con el auto y recorrieron un poco la zona, y me lo contó.

Recuerdo muchas, muchísimas cosas que rodean, bordean esa foto. Sin duda muchos de esos recuerdos son apenas reconstrucciones posteriores, hechas con retazos de relatos de otros, oídos en el transcurso de los años que siguieron a ese momento particular.

De lo que no tengo absolutamente ningún recuerdo es, precisamente, de esa foto, del momento de esa foto. Pero no puedo negar que ese momento existió, lo cual hace que para hacerlo vivo tengo que emprender el ejercicio de imaginar o inventar. También puedo preguntar a otros, mi hermana por ejemplo que, teniendo cinco años más que yo, pudo haber retenido más detalles; aunque así le estaría dando a ella la oportunidad de imaginar y también de inventar. De cualquier manera siempre habrá lagunas que completar, cosa que se hace con ayuda de la más eficaz herramienta de nuestro psiquismo: la imaginación, que es la forma amable y aceptada de la mentira.

Decía más arriba que el pasado, para entenderlo, se estudia. Y siempre para entender lo que se estudia hacemos una operación que convierte los elementos de ese objeto de estudio en un relato. Y por su parte, un relato se forma de tres elementos: lo investigado, lo recodado y lo imaginado (¡y ahí está otra vez!). Lo imaginado debe estar presente en el pasado, porque es la función que completa las lagunas. No es caprichoso lo imaginado, ni siquiera incierto (suele ser más preciso que lo investigado) pero es, por premisa, falso.

De lo anterior se deduce que siempre hay algo en lo que recordamos que es, necesariamente, mentiroso. Y por lo tanto no hay posibilidad de recuerdo sin el olvido, que nos provoca a imaginar aquello que llenaría las lagunas y completaría los datos para por fin hacernos cautivos de la ilusión de que ¡sí, yo estuve ahí!

Esta foto, a mi subjetivo entender, es bellísima, y no tengo dudas de que eso que ahí se cristalizó fue una vez realidad. Pero la realidad no se lleva bien con nuestra mente. Por eso será que cuando miramos fotos de un remoto pasado algo dentro de nosotros se desconcierta, se comprime (y se expande también), y no podemos hacer nada con eso. Sólo observar.

Para finalizar: aunque bien se puede observar en la foto que el niño más pequeño (o sea yo) no está muy contento que digamos, no dudo en afirmar que por entonces fue la época más feliz de mi vida. Por un capricho del arte de la fotografía, eso, quizá lo más fundamental, no se refleja en ningún lado.

Javier Daulte, 16 de Octubre de 2014

Cecilia Szperling / Invitada 18 de octubre 2014

cecimorzinski Escritora, conductora.

1. Por qué te vas?

Cría cuervos fue mi primera película espejo. La niña protagonista parecía actuar de mí misma. Si todos poseemos un doble, ese era el mío. No solo su padre había muerto frente a sus ojos, también tenía dos hermanas que habían quedado libradas a su suerte en esa casa de la que nadie parecía ocuparse.

Con el padre muerto todo entraba en orfandad: la mamá, la casa, las niñas, la planchadora.

Las risas habían abandonado la casa, la estrella había caído; de golpe adornos y muebles, los árboles salvajes y arbustos se convierten amenazas. Peligro inminente. Tijeras, solventes, venenos de limpieza. La casa sin adultos a cargo, es también un niño más dispuesto a hacer travesuras, a dejar su compostura, está dispuesta a irse, o por lo pronto liberarse de tener que estar siempre compuesta o en presencia de ánimo frente a esta familia ahora rota… que se las arregle como puede.

Al ver a esa niña me vi a mi. Vi mi silencio, mi mudez. No hablar de lo que había sucedido. Silenciar las palabras, las explicaciones. No hay nada que agregar, parecía decir mi madre.

Tuvimos bailecitos en la cocina como esas niñas en polleritas mini. ¿Por qué te vas? Es la pregunta clavapuñal. Se lo preguntamos a quien no se quiso ir, a quien no nos quiso dejar y sin embargo lo mismo da, te vas. ¿Por qué te vas?

Dicen que el inconsciente no tiene tiempo. Que el trauma se actualiza permanentemente, o sea está en updated constante. Aclaro que soy fanática del “Trauma”, es la idea más literaria que conocí hasta ahora. Organiza las acciones, las elecciones, hasta las reacciones y frases de nuestras vidas (literarias). Adoro el momento en que Marcel Proust dice que su vida ya no es lo que era a partir de la noche en que su madre se olvida de darle el beso de antes de dormir. Lo ignora y permanece en la sobremesa con su padre en los salones, sin subir a darle ese beso que lo acompañará al mundo de los sueños, a sumergirse en ese terreno ensayo de muerte. Lo abandona, lo deja. Ya no lo besa como lo hizo desde siempre, a lo largo de toda su vida. Esto organiza los siete tomos de la narrativa de En busca del tiempo perdido. Todo gira alrededor de este trauma inicial, que se renueva en distintas escenas a lo largo de los años.

No puedo precisar si Cría Cuervos la vi a los quince años, cuando murió mi padre, o a los veinticinco o treinta. Tampoco sé con quien estaba en el cine y si disimulé que no me había pasado nada. Lo seguro es que no fue una película catártica, ni un momento de mi vida en el que me gustase expresar mis emociones. Tenía una represión estética. Me gustaba la expresión del tormento interior. La escena que recuerdo con Cría Cuervos es hace nueve años, embarazada de mi hija Lola, en un gabinete de la universidad de Princeton, lugar en el que residí medio año. “In Útero”, llevaba un bebé en mi panza y yo nadaba en el líquido amniótico del campus universitario, especie de convento laico. En ese doble encapsulamiento, vi a la niña encapsulada en sus propios ojos, aislada y alienada en procesar la muerte de su padre ante sí. Salí de la cabina individual a ese campus en el que nevaba llevando a mi hija calentita y húmeda en su refugio. La nieve no hace ruido al caer de modo que si el paisaje es el espejo del alma, la nevada fría y silenciosa, era la expresión de mis años de duelo.

Cría cuervos es casi una película muda, con una canción insistente como banda sonora.

Trabajé escribiendo, poniéndole palabras a esa escenas solo ojo, sin texto. A las miradas a través de la ventana y la pregunta una y mil veces repetida.

2. Fiestas Patrias

Esa noche no pude dormir. No estaba incluida en el acto escolar. La fiestas patrias eran todo lo que me interesaba del colegio. Si esa porción no existía, nada tenía sentido.

La semana empezó con una fiebre muy alta que me hacía creer que la araña de techo de la pieza de mis papás era dorada y que estaba rodeada de ángeles con alitas. Pañitos y cuentos hicieron que la fiebre cediera, pero solo para dar paso a una tortura mayor.

Al volver al colegio después de tres días arrojada en la cama de mis papás…ellos ensayaban…sin mí!!

Esa noche estaba tan agobiada, como en el infierno.

Sentirme así de ignorada, sentirme afuera del paraíso puedo equipararla a lo que sintió Marcel Proust e día que su mamá decidió que ya no era hora de interrumpir el café con su marido para subir a darle el beso de las buenas noches al bueno de Marcel.

…………………………………………………………………………………….

El acto escolar fue siempre tan importante para mí, que invadía mis noches anteriores.

Me desvelé la noche en las vísperas de un baile (minué) que haríamos en un teatro. Una costurera me había hecho un vestido ver de terciopelo y seda o una tela suave con caída flotante. Una vincha, como una falsa tiara de diamantes en la cabeza. En la foto estoy sonriente. Pero yo sé que lo arruiné todo. No estoy segura si la maestra traicionó su promesa de que bailaría en pareja con Alejandro Rodríguez o sí mi imaginación tan vívida, tan literal me convenció que bailaría con él y fui alimentando esas grandes expectativas a lo largo del insomnio. El caso es que la desilusión de ese otro chico con quien bailaría fue tal, que me derrumbé y lloré en las bambalinas de ese teatro profesional en vez de bailar con el grado.

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En los grados superiores decidí no alimentar el trauma y dar vuelta la hoja. Mi mamá y mi tía me entrenaron para que recitase una poesía sobre la Argentina y tomé el escenario alentada por una bioquímica y una abogada que habían jugado a ser actrices en la infancia y adolescencia con toda pasión y clases de declamación. A partir de ese éxito consagratorio me dieron el micrófono. Así era la locutora de los actos y les daba la palabra a la directora, anunciaba a los distintos grados y sus representaciones. Daba pie a los himnos, se todos, y el piano empezaba y terminaba cuando yo lo ordenaba. “Retiro de la bandera de ceremonia”, ese momento señalaba el final.

Este año mi actividad me llevó a presentar el Café Literario del Encuentro Federal de la Palabra en Tecnópolis.

De modo que, cuando tuve que subir al escenario y decir “Enumeración de la Patria de Silvina Ocampo” y empezara recitar con La Cámpora todavía cantando y calentando el ambiente…el deja vu fue total. “Escuchar” los calló la Presi. Y bueh; salió en cadena nacional y peluqueros y mozas me vieron y ahora me prefieren. “Estabas hecha para eso”, me dijo mi mejor amigo. La verdad que sí, que la situación me resultó entrañable y familiar.

DAMIÁN DREIZICK. Invitado primera fecha : 13 de Septiembre 2014

Actor, dramaturgo y guionista.             url-9

 

1. El Corderoy

¿Cómo recordar un pantalón? Para mí la niñez es el corderoy ,esa palabra encerraba en sí misma un enigma : ¿Era un cordero exótico? No parecía anglo como el jean o hispano como la gabardina , no tenía una marca como el Lee o el Rangler ,era simplemente un corderoy . Sonaba rústico , áspero , una geometría cálida y lo era: Un pantalón para invierno y para cumpleaños , sobre todo para cumpleaños. Mi resistencia a la compra de ropa se remonta a esa época , era un acontecimiento trágico para mí y gozoso para mi madre.

Pero lo que me aterraba en esos tempranos setenta era el lugar para ese ritual mal sano : Eduardo Sport , sucursal Plaza Italia. Ese señor Eduardo , imaginaba , era deportivo , tostado , canchero ,y se solazaba observando desde un mirador a un montón de párvulos sufriendo en pequeños probadores la prueba de minúsculas prendas frente a un espejo escuchando la pregunta maternal: ¿Y, cómo te queda?.

Y el dobladillo , ese fantasma con alfileres , recordando los centímetros que faltaban ,la inquietud por el buen crecimiento , el crece 12.Y finalmente la elección del color :Marrón, siempre marrón , como si ese color estuviese estrechamente ligado al corderoy infantil.

El corderoy era poderoso , me poseía, se adueñaba de mis muslos y mi cintura , y tenía sus preceptos: Cuidarlo como si fuera una gema , no ensuciarlo con mirindas o chizitos.

En los cumpleaños parecía a punto de explotar , sentía en el verdad-consecuencia ,que el corderoy estallaría en pequeños corderoys , que remontarían vuelo a un paraíso de pantalones: Santos enteritos , camisolas vírgenes .

En ese oprobio preadolescente, el hurto estaba al alcance de la mano , me llenaba los bolsillos de habanitos de chocolate ,que se deshacían ocasionando la hecatombe familiar. Con el correr del tiempo , las líneas verticales de las rodillas, comenzaban a blanquearse, afinarse y el pitucón era la solución parcial a la inevitable decadencia del corderoy.

Aún hoy sufro en los probadores y el corderoy es mi pantalón favorito.

2.   El blanco y negro

El mundo , hasta mis 13 años, era blanco y negro. La televisión, como un dios de entrecasa, afirmaba la ausencia cromática. Las series, los noticieros, Gaby , fofó y miliki no tenían color y todo a mi alrededor se teñia de esos no-colores con la salvedad de las diapositivas, único refugio de un arco iris familiar.

La llegada del color fue anunciada con bombos y platillos, Pinky mediante, pero los televisores no estaban preparados para el banquete. En A.T.C se armaron unas carpas donde reinaban unas teles a color que oficiaban de sacerdotes colorinches y ofrecían misas de mirta legrand, gomez fuentes y panteras rosas.

Yo cataba los rayos catódicos con la secreta intención de que el universo colorín me iluminara y los colores primarios arrasaran con el gris plomo de las cañerías, el cielo oxidado, los pupitres oscuros.

Pero nada ocurrió. A.T.C, ese cementerio egipcio, continuaba blanquinegro asi como las calles, las personas y los desayunos.

En esa época, comenzé a ver películas de arte en la lugones y descubrí que ese duo podía ser maravilloso, profundo y exitante, unos opuestos que construían historias epícas y de suspenso.

Al poco tiempo, el color desembarcó y su reinado continua hasta hoy pero mi idilio con mi blanco y negro elegido continua, inquebrantable.

Damián Dreizick

JORGE HALPERÍN . Invitado primera fecha: 13 de septiembre 2014

Escritor y periodista.                                                          url-11

Enigmas

1. ¿Qué llevó a mi familia judía a levantar esa casa de sus sueños en el barrio de Malaver, colonia de alemanes que, apenas unos años antes, en los cercanos días del nazismo, exhibìan orgullosos banderas nazis en los frentes de sus viviendas?. ¿Cómo fue que mi tìo Jacobo, el mayor de seis hermanos – casi todos socios, acaudillados por él – compró los terrenos y ordenó a papá y a mi tìo José que construyeran sus casas en ese barrio del noroeste del Gran Buenos Aires?.

En realidad, es un misterio que no se me ocurrió develar entre los cuatro y los diecinueve años, la primera parte de mi vida, que transcurrió en Malaver.

No había razones para que me inquietara. Primero, porque la del ´50 fue quizàs una década relajada en el tema del antisemitismo, en comparación con las primeras del siglo XX, cuando episodios como los de la Semana Trágica de 1919 avivaron el prejuicio, o incluso con la década del `30, cuando un canciller argentino dio la òrden de prohibir que se concedieran visas a judìos que querìan ingresar al país.

Los `50 y en un suburbio residencial del Gran Buenos Aires (no en los alrededores de la Plaza de Mayo) también fueron más relajados que lo que vendría, con unos años `60 que vieron el surgimiento de la Tacuara, y los `70 la dictadura antisemita de Videla. Por no hablar de los atentados de los `90.

Pero, además, no se me planteaba aquel enigma porque mi familia, descendiente por los lados paterno y materno de judíos que llegaron a fines del siglo XIX, siempre se movió al margen de las redes de contención culturales y las prácticas del judaísmo. A lo sumo, uno sólo entre todos mis tíos paternos y maternos había sufrido las pérdidas del Holocausto y el consiguiente temor sobre los judìos “que se integran”.

Y, por último, nunca supe las razones de elección de Malaver porque era un tiempo en que no se requerían ni se daban muchas respuestas, ni siquiera sobre los misterios de la tragedia familiar que nos llevó a mudarnos a la casa de Malaver.

Mi hermanita de 18 meses había sufrido una caída mortal desde unos brazos cuya identidad permanecería oculta para mi por más de medio siglo.

Pero, no se hablaba del tema. Y, bueno, Malaver sería como el lugar familiar para restañar heridas sin sutura.

Lo recuerdo como un paraíso de mi infancia y también como el espacio desde el cual, imperceptiblemente, me fui corriendo más afuera de las redes del judaísmo, aunque pude volver más tarde sobre el tema de las raíces con una percepción distinta.

Y voy a elegir un par de ejemplos que me llevan a la adolescencia. Barrio predominantemente católico y protestante, alcanzo a registrar apenas un par más de familias judías en Malaver: los Gurevich, a cien metros de casa hacia la estación, y los Wanish, cien metros en la otra dirección. No hubo acercamiento con ellos, a pesar de que mamá me instaba, no siempre amablemente, a evitar tanto contacto “con el negrito de enfrente y buscar tu propio ambiente” (judío).

A mis trece años, Rodolfo, el pibe de la otra cuadra, hijo de un trabajador de filiación comunista, pero él devenido tempranamente Tacuara, tocaba el timbre de casa para que nos sumergiéramos en largas discusiones en la vereda acerca de lo que él llamaba una “conspiración judeo-capitalista-marxista” para apoderarse del mundo. Dos casi adolescentes parecíamos adultos civilizados discutiendo sobre disparates.

A mis 17, Mirta, esposa de mi hermano mayor, simpatizante sionista, intentaba persuadirme de que los judíos sólo tendrán paz cuando regresen a la tierra de sus ancestros.

Obsérvese estos dos propagadísimos mitos urbanos: 1) el complot mundial de los judíos, Marx unido en una trama de poder con Rockefeller. Súmese a eso, otras construcciones conspirativas como El Protocolo de los Sabios de Sion, y el delirante Plan Andinia, por el cual los judìos intentarìan apoderarse de la Patagonia.

Y 2) la idea de que los judíos deben volver a la tierra de los ancestros, un lugar que en realidad desde hace dos mil años está habitado por otros pueblos. No hay tal lugar de los ancestros, razón por la cual los judìos de Israel no han conseguido la paz prometida en más de 65 años.

Mi tío Jacobo dirigía a los hermanos en la sastrería militar y civil “Halperín Hnos”. Eran judíos que, al menos, tenìan trato comercial con los militares. Conjeturo que alguno de ellos anotició al tío de la venta de terrenos cerca del Liceo Militar San Martín (estábamos a 12 cuadras). Los alemanes del Hölters Schulle no tuvieron problemas en admitir a mi hermano en la escuela primaria, como no lo tuvo mamá en conchabar como mucama a María, una joven de familia alemana, a quien “veneró” como la mejor muchacha que tuvo (“correcta, prolija, disciplinada, limpita”).

“Visito” aquel tiempo de la infancia, y no parece muy real.

2.

¿Cuándo termina la infancia?.

Soy tan conservador con mis hábitos que a los 14 no pude escapar de un dilema: “¿Qué hago?. Ya tengo una novia – vive en la otra esquina de casa -, y estoy enamorado a la distancia de Liliana, la de carita angelical de primer año”; ya había besado una vez a mi novia-vecina y le había dicho a Liliana que quería conocerla. “¿Debo dejar de jugar con mi camioncito?…¡pero me sigue gustando!”. Me pregunté: “¿No se supone que a esta edad los juguetes ya no me interesen?. ¿Qué excusa tendría si alguien me descubría haciendo rodar el camioncito?”.

¿Què sucedía dentro mìo que no evolucionaba como un sujeto normal y dejaba atrás mi infancia?.

Y no era por carencia de juego: tuve más de diez “especialidades” (escondidas; ring raje; futbol en la calle y en el potrero cercano; carreras de autitos preparados en la calle; figuritas; bolitas; carreras de bicis; tirar piedrazos a los faroles; explorar terrenos baldíos y casas abandonadas; viajar colados en el tren a Retiro), pero mi relación con los juguetes era íntima y nunca dejó de ser intensa.

La absoluta mayoría de los juguetes representan figuras con locomoción propia (autitos; trenes; soldaditos; muñecos; gruas; avioncitos), pero debo decir que mi juguete preferido era un inmóvil castillo. A lo mejor era la representación de mi casa de dos plantas, que estaba en una esquina del barrio de Malaver y que papá hizo construir como un bunker: nada de jardín, a diferencia del resto de las casas del barrio. Era un caserón macizo con un frente de piedra de Mar del Plata que papá hizo traer especialmente de su balneario soñado.

Al castillo me lo imaginaba tan infranqueable como mi casa. Era el centro geográfico de una parte de mi mundo a la cual nadie era invitado. Con una sierrita le hice una puerta en la base para que tuviera un garage que admitiera a muchos cochecitos.

Mi castillo, entonces, era un gran continente fijo de otros juguetes, pero viajaba a través del tiempo: caballeros de las cruzadas mezclados con indios del Far West, soldaditos de plástico de la Segunda Guerra y coches modelo ´50. Y así podía imaginarme que filmaba películas de guerra, de cowboys, de cosas antiguas y modernas, y ponía nombres inventados de directores y actores para cada película.

Un día pestañeé, y aquel castillo dejó de ser un mundo infranqueable, y lo mísmo sucedió con el camioncito.

Confieso que los abandoné con dolor antes de saber si lo que llegaba era igual de emocionante.

Jorge Halperín